Censurada por quejumbrosa (Los Tiempos, 2011)


Antes de que el gobierno promulgara la Ley Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación, los columnistas de este matutino teníamos la magnífica oportunidad de conocer el impacto de lo que escribíamos, un ejercicio de retroalimentación que hace al principio básico de todo proceso de comunicación; magnífico por eso mismo: la opinión de nuestros lectores hacía que el oficio del comunicador se evaluara de manera inmediata.

Irónicamente, con dicha Ley –por el momento– no perdimos quienes tenemos el privilegio de escribir, sino quienes podían opinar, cuestionar, criticar o apoyar nuestra producción. En fin, más allá de quién es el peor herido en esta “contienda por la libertad”, uno de mis lectores, en aquella oportunidad, me dijo que yo tenía algún trauma de la infancia porque protestaba por todo.

Le doy toda la razón. Tanto es así, que hasta vergüenza me da y pienso que un día de estos mi editor dejará de publicarme. Le pido, estimado lector, que me castigue con su indiferencia. No me lea más y no siga leyendo porque esta vez –para variar– tengo la odiosa necesidad de quejarme.

Si aún sigue es porque a usted le pasa lo mismo. Sí, estoy segura que cada vez somos más los que nos sentimos agobiados por tanta “rareza”.

Ayer, a la vista y paciencia de nosotros burros que esperábamos la luz verde, el chófer de un camión de alto tonelaje se pasó la luz roja sin importarle las consecuencias de su acto. A mi izquierda, un señor movía la cabeza como diciendo “pobre desgraciado”. Lo miré, me miró y no dudó en exteriorizar su enojo, y yo en responderle, y juntos pensamos lo mismo del escurridizo infractor.

Escenas como esta se repiten a diario: conductores que por nada ceden lugar, chóferes con ganas de atropellar al peatón; y el pie en el acelerador porque ni bien el semáforo está en amarillo, debes salir arrancando antes de que un desgraciado te castigue con su bocina; y si la luz roja te agarró en una esquina desierta, el de atrás igual te pitea, por burra, por esperar sabiendo que no viene nadie del otro lado; y el policía que lo único que sabe es soplar su pito…en tu oreja, como si ruidos faltaran.

La calle es un fiel reflejo de lo que somos: intolerantes, mal educados, irrespetuosos de la norma.

¿Y cómo no vamos a protestar ante la increíble situación de abuso y maltrato al que están siendo sometidos los 800 niños de la escuela Villa Urkupiña? Pasan clases en carpas, en la cancha, debajo de un árbol, donde carajos pueden porque alguien se tiró la mitad de la plata del programa Bolivia Cambia, Evo Cumple y construyó con la mitad de la calidad. La obra, inaugurada con tutuma y guirnaldas, debe ser demolida porque –literalmente– tiembla.

¿Cómo no vamos a protestar cuando el pueblo está a punto de quedarse sin espectáculo porque los folcloristas de forma unánime amenazan con no danzar en la Entrada de Urkupiña porque con la ley seca, no recibirán el millonario auspicio de la cervecería? Fe, devoción y culto a la virgencita, combo ¿con precio en dólares? “No tenemos plata para los trajes y la banda”. Entonces no bailen, así de sencillo.

Seamos honestos y aceptemos que entraditas como la de Urkupiña nada tienen que ver con la religiosidad; más bien, pongamos atención al escenario que constituyen estas “representaciones culturales” donde maleantes aprovechan para delinquir.

¿Cómo no vamos a protestar cuando se informa que los mingitorios sirven también como pensiones y chicherías? O sea que además de no tenerle asco a nada y no saber distinguir entre el olor de la hierba buena y el orín, quienes usan el baño público deben cuidarse de no ser asaltados y violados por un pobrecito alcohólico que chupa en la letrina contigua.

¿Cómo no vamos a protestar por el abuso de poder que una vez más hizo caso omiso a la voz del pueblo aprobando la Ley General de Telecomunicaciones sin cambiarle una sola coma?

Si desaparezco es porque –con toda razón— me censuraron por quejumbrosa, o clausuraron al periódico como en Cuba, Venezuela y Ecuador se estila.

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