66 días (Los Tiempos, 2011)


No soy masista ni Evista pero quiero confesar que la imagen de Evo recibiendo la banda presidencial, me emocionó tanto que me dejé llevar por las lágrimas. Veía al hombre que representaba la miseria, la frustración, el retraso, la injusticia, la fe, la esperanza de un pueblo pobre y sufrido. Por mucho tiempo y para la mayoría de los bolivianos, el presidente Evo representó todo eso y más.

66 días bastaron para que a la mayoría, esa representación simbólica, esa fe, esa esperanza se derrumbara como castillo de naipes; destruido el sueño de tiempos mejores, aniquilada la imagen del cambio.

66 días bastaron para darse cuenta de muchas cosas, tristes para esa mayoría que creyó que con Evo había enterrado su pasado y que comenzaba a construir un futuro.

Nuestra historia, nuestras penas, desgracias y debilidades se constituyeron en el mejor discurso de un gobierno que supo entender cuál era el mensaje, pero que no pudo materializarlo, quizá porque faltó hacerlo suyo, quizá porque nunca fue su dueño, quizá porque lo sobredimensionó, quizá porque el poder se los arrebató, convirtiéndose en su trampa…en su peor error.

Orquídea dicen que se llamará la bebita que nació durante la marcha de los 66 días. Su madre, mujer valiente que no le teme a nada porque sabe que la naturaleza es su aliada: ni vacunas ni médicos ni chupones ni ropajes. Orquídea no necesita nada más que la lucha de su madre.

Un indígena decía que las montañas del altiplano boliviano le parecían maravillosas, que sólo las había visto por la tele.

66 días de marcha pacífica, inofensiva, a un lado de la carretera para no molestar a nadie. Disciplina, convicción, entereza; hombres y mujeres, niños y ancianos resistieron a piedras y alquitrán; frío y calor; palos y puñetes; hambre y sed, a días y noches.

66 días y hoy –pese al cansancio físico y a la pena de las muertes y heridos– sus rostros brillaron al encontrar una La Paz solidaria; allí, al otro lado, detrás de las montañas, allí arriba, encontraron a otros bolivianos que les tendieron las manos, les arroparon, abrazaron y aplaudieron. ¡Cuál odio, cuál separatismo carajo! Todos unidos en un discurso de paz, en un sentimiento de igualdad, de profundo respeto al otro. El discurso, el mensaje quedaba hecho pedazos ante la realidad.

“Tenemos hermanos en La Paz”, habían “descubierto” los marchistas…”hemos aprendido mucho de ellos”, expresaban los otros.

 Y es que cuando se emplea el lenguaje de la honestidad, la autenticidad, la humildad, no hay colores diferentes, no hay razas ni clases, no hay tierras altas ni bajas, no hay ideologías, no hay opresores ni oprimidos.

66 días y es tiempo para volver a comenzar señor Presidente, el de la banda, el de las lágrimas….el de la esperanza.

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