Provocadora y conquistadora (Los Tiempos, 2010)


Ha notado que antes todo era más sencillo, más fácil, simple y más bonito también. Los amigos giraban en torno a la creatividad, al sudor y la risa del juego inventado, a la travesura arrancada de la “ingenuidad” de nuestros padres. Hoy la amistad está mediada por el control del televisor, del  play o del Wii. “Te invito a mi casa pero traes tu control”. Antes no existían advertencias ni condicionamientos tampoco invitaciones porque los amigos simplemente estaban ahí y valían por lo que eran, no por lo que traían consigo.

Así, lo material tenía un valor distinto; parecía que todos vivían igual y nadie era mejor. El tamaño y lujo de la casa pasaban desapercibidos. El regalo era cosa del Niño Jesús  y el estreno de la tenida era por el cumpleaños. Hoy, los regalos y recompensas vienen a diario porque se han convertido en el perdón de todas la noches, en el resultado del arrepentimiento que todos los días sufrimos los padres ausentes por necesidad o por placer.

Las señoras de antes, seres normales, gordas o flacas pero bellas todas; madres de profesión, mujeres esforzadas, dedicadas y cariñosas. Hoy el sacrificio es, sino por la subsistencia o el reconocimiento profesional,  por la exigencia autoimpuesta del poder pagar lo que una a diario desea: delgadas cinturas, tetas bien puestas y dientes de un blanco encandilador. Esas son las últimas tentaciones por las que las de mi género se rompen la vida.

Inspirada en el libro Placerocidad en la Educación de mi amigo J. Richar Villacorta, decidí escribir sobre educación pero me doy cuenta que me enredo con  los deseos y frustraciones que se viven en casa. ¿No será que este dejarme llevar es porque precisamente en casa es donde se hace educación, no es allí donde cimentamos las bases de la verdadera educación?  Si, y por eso me atormentan las mamás  con personalidad de silicona y las hijas en franca competencia, los dormitorios convertidos en jugueterías y los esfuerzos angustiosos del papá por comprarle al hijo la cuadratrack, los compromisos sociales de cada fin de semana, los desayunos trabajo y los horarios sin coincidencia entre hijos y padres. Me atormenta la ausencia de los abuelos, ese mismo  que le otorga  protagonismo a la niñera, el encuentro ocasional con los tíos y los primos, simples desconocidos. Es todo esto lo que nos revela la ausencia de la verdadera educación.

La escuela enseña  a memorizar  conceptos y a reproducir  fórmulas  matemáticas, peor, es el escenario donde nos deseducamos, y perdemos la esencia. Hoy sin miedo a equivocarme puedo decir que la escuela sirve para todo menos para el amor y la vida. Acaso es posible que la profesora de biología  inculque en nuestros hijos los principios del respeto, la solidaridad, la ternura, la generosidad, la humildad, la honestidad y el valor del trabajo?, ¿acaso esperamos que ella les enseñe a amar?

Las familias debemos intervenir de manera decidida en la formación de nuestros hijos, y eso pasa porque los padres nos miremos al espejo -sin maquillaje ni careta- y nos preguntemos ¿qué estamos haciendo por su educación, qué tipo de ejemplo somos para ellos, qué valores estamos cultivando, hacemos el esfuerzo suficiente para que en casa encuentren el contrapeso necesario para no permitir que se intoxiquen afuera, cuál es la escala de valores en  ese constructo llamado familia?

Pasa por no sobredimensionar la responsabilidad de la escuela. Por no temerle a la arbitrariedad del maestro o el abuso del director. A no temer levantar la voz cuando existe el convencimiento de que estamos en razón y a revelar  la repetición mecánica y absurda, la mediocridad y la flojera.

Pasa  por comprender que cada ciudadano tiene el legítimo derecho de  exigir que la mayor inversión de un país esté en la educación de su gente, porque esa es la única vía posible para vivir en libertad, paz y humildad.

Pasa por reclamarle a la educación nos provoque actitud, confianza y patriotismo…pasa por pedirle nos enamore hasta la médula con su magia transformadora.

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