Porque así nomás es papito (Los Tiempos, 2010)


Fui y volví. Tranquilo y seguro el largo viaje Oruro-La Paz-Cochabamba. Inusual control que, esperamos todos, sea permanente.

Cargué con la prole entera, pues aprovecharíamos el impulso para llegar hasta La Paz. La misma pregunta una y otra vez, y otra vez más: ¿Cuánto falta?, y uno que se inventa medidas para explicarles cuánto queda por recorrer.

Por la gran ventana del bus se veía la pobreza de los orureños y la dejadez de ellos y de las autoridades. Gente amable -de a dos besos-  pero acostumbrada a vivir en la soledad del altiplano más frío de Bolivia, en la tierra más árida, en el desorden más patético de su comercio y en los olores más apestosos de sus calles.

El orureño, sin embargo, es feliz, alegre, el mejor representante del folklore plurinacional. No hay noche que no haya desfile, me dijo la otra vez un taxista. Había sido cierto. Cuando el frío empieza a recrudecer y las cortinas metálicas se bajan, los quirquinchos hacen su danza nocturna al son de una banda, de dos y hasta de tres. La de la otra noche le pertenecía a la carrera de Ingeniería que celebraba un aniversario más…festejo general, todo el pueblo junto a los futuros ingenieros, como depositando en ellos la esperanza de que dejen sus conocimientos en su tierra y la hagan próspera; finalmente, se lo merecen.

A modo de hacer hora para cumplir con el deber, fuimos a caminar. Recorrimos calles mirando y preguntando. Entramos a centros comerciales que se caen de viejos. Casonas antiquísimas con enormes escaleras de madera que crujen una hermosura, techos altos y ambientes generosos como los de antes, ahora convertidos en pequeños negocios con mercadería de contrabando y vendedoras despreocupadas por la venta.

Todo Oruro es comercio, informal, dicen. El centro, su arquitectura, los balcones de madera, las ventanas con detalle casi que no se distinguen por la publicidad. Y lo más hermoso, estar entre la multitud orureña (todos de saco o chamarra), mirando los penales del partido Uruguay-Ghana….y nosotros en medio gritando y sufriendo por los charrúas. Allí, en medio de la pobreza del pueblo, el contrabando de unos y la modernidad de una pantalla gigante auspiciada por una empresa de telecomunicaciones, comprendía perfectamente por qué los pueblos del mundo aman el fútbol, la mejor catarsis para nuestras miserias colectivas.

24 horas después estábamos en La Paz. El Illimani nos acompañó por casi media hora, a veces semi escondido entre sus hermanas; otras, pleno. Llegamos de noche cuando la hoyada está encendida, un espectáculo casi sin parangón,  y es que La Paz es una ciudad arrogante, imponente, hermosa.

Nos esperaban para llevarnos al nuevo orgullo de los paceños: el Mega Center, inversión privada que, desde los parqueos, deja boquiabierto a cualquier cochala. Las mejores marcas internacionales están ahí; el gimnasio más grande de Bolivia está, el bowling más lujoso también, la plaza de comidas más completa la tiene el Mega Center. Y con mi marido ansiábamos ese movimiento de gente para Cochabamba: Todos compraban, todos vendían, todo tenía olor a plata.

Al día siguiente, los puentes trillizos; las canchas con pasto sintético del Evo; los jardines con el sello de un funcionario municipal cochabambino que fue “robado” hace diez años por el Alcalde sin miedo para poner bonita esa ciudad queriendo igualar lo que en algún momento fue el orgullo de la llajta; las avenidas de ida y vuelta; los edificios espejados; los mercados bien organizados donde hasta langostas vivas se venden a las esposas de los embajadores y quizá a algún originario encaramado en el gobierno.

De pronto, uno de mis hijos me pregunta por qué hay tanta diferencia entre Oruro y La Paz. Me quedé pensando… ¿Cuestión de oportunidades, de política, de historia, de los malditos minerales, serán los extranjeros?

Y ahí está Orinoca (en el Oruro más pobre) sufriendo hambre e ignorancia, víctima del olvido y la arrogancia de los poderosos que se pasean por el mundo en aviones de 38 millones de dólares.

“Porque así nomás es papito”, le respondí a mi hijo.

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