Nostalgias urbanas (Los Tiempos, 2010)


Perdón, perdón, campito por favor…disculpe. Así me abría campo la otra noche –noche de semana-  en la que, como típica migrante digital, buscaba  dónde hacer una llamada, porque dejé mi celular  “cargado” en casa.

Bastó caminar unos pasos para sentir que Cochabamba ya no es más la de ayer, para preguntarme dónde estuvo la gente que hoy uno mira y ve en las calles, para cuestionarme qué pasó, cuándo comenzó todo y cómo ocurrió.

Bien sentados –aunque con media nalga al aire- en el pretil del edificio de la Brigada Parlamentaria, una señora con traje de oficina y cabello desgastado por tanta permanente junto a su regordete esposo, se llenaban la panza con unos enormes y olorosos hot dogs. Por supuesto, no  estaban solos, alrededor de quince personas más hacían lo mismo; unos parados, otros en el mismo “asiento” masista, pero todos ocupados en su cena.

A medio metro, una “pastillera” (término sacado del recuerdo) vendía de todo. Su puesto bien iluminado tenía dos líneas telefónicas para alquilar.

¡Estamos en la Colón!, me respondió mi marido que había decidido llevar a los chicos a la plaza a modo de hacer hora para recogerme.

Insistimos en creer que lo que veíamos, escuchábamos  y olíamos tenía explicación en la proximidad de la Navidad. ¡Qué mercado!, ¡qué feria!…¡qué pena!  La plaza Colón, así como muchísimas otras calles, avenidas y plazas,  se había convertido en un centro de baratijas e improvisados restaurantes.

Estábamos frente a un caos urbano. Más allá del chojcherio, los actores del circo gritaban auxilio. Los vendedores de api y pastel, pavita y Tampico, anticuchos y Coca Cola, la empresaria de los hot dogs, la comerciante de peluches y flores de plástico,  los joyeros hippies con olor a marihuana e incienso, los de la ropa usada y también los de las manzanas acarameladas y algodones, más  los que alquilan autitos a batería, todos convertidos en perfectos y oportunistas inventores de trabajo, artistas en el arte de saber sortear las debilidades económicas de la región. Éste es el mundo real  y no ése que construye edificios y compra  Hammers.

La informalidad se pasea por la ciudad, la vuelve desordenada y miserable. Cochabamba, un mercado barato y gigante. Se acabó la plaza Colón apacible y casi solitaria; ya no más el paseo del Prado, tranquilo y seguro; la San Martín donde crecí, hoy convertida en un almacén de corta uñas, limas, candados, películas  piratas, calzones, pan dulce y gelatina roja, donde se hace necesario pedir permiso por existir  y perdón para caminar.

El otro día, unos amigos sesentones recordaban y añoraban sus idas a Cala Cala. Todo un viaje de domingo que era recompensado con un baño de tarde en las aguas cristalinas del  Río Rocha, piscinas naturales a las que saltaban desde hermosos sauces llorones. ¡Fantástico!, contaban.

También al norte, las avenidas  -no hace mucho de propiedad exclusiva de barrios residenciales-, ahora son otro comercio, más elegante y formal, pero comercio al fin: ruidoso y metiche. Pizzerías y pollerías, bancos y  relojerías, mueblerías y salones de té, boutiques con percheros de acera y farmacias, todo en  pocos pasos, un triste mosaico que obliga a vecinos –viejos y cansados-  a vender sus propiedades, dulce para los -también comerciantes- constructores de cajas con ventanas y ascensor.

Qué pena siento al ver caer esas viviendas que siempre estuvieron allí, con las que uno creció. Hoy, convertidas en huachafos edificios con fachada de cerámica marmolada brillosa, guinda o mostaza. Edificios donde todos caben: tiendas en la planta baja; departamentillos en las demás.

Cochabamba urbana y rural, porque los pueblos tampoco se salvan: Remesas españolas sirven para levantar remedos de palacetes “tipo americano” con toque criollo latino. Adefesios que han venido a reemplazar hermosas casonas de adobe, tumbados de cañahueca y teja hecha en muslo de chola. También se derrumban éstas para construir salones de fiesta espejados, siempre llenos, siempre ruidosos.

Así, los cochabambinos estamos aprendiendo una nueva vida a la que pocos nos acostumbramos… simplemente, nostalgias urbanas.

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