Extraño (Los Tiempos, 2010)


Estos días la opinión pública ha sido testigo de la ira y el dolor que hicieron presa de un grupo de vecinos, integrado -en su mayoría- por mujeres que, al conocer de la violación y posterior asesinato de una niña de cuatro años, procedió –indignado- a incendiar las chicherías de la zona incluida la de propiedad de la familia del violador confeso que hoy guarda detención preventiva en un penal de nuestra ciudad hasta que la autoridad competente determine su pena.

Dos aspectos: el primero, ¿quién de nosotros no ha visto a niños y niñas junto con sus padres ingresar o salir de chicherías y bares distribuidos en las ciudades y el campo? ¿Quién no ha visto al menos una vez, a un menor sostener a su madre o padre ebrio tratando de conducirlo a su casa? ¿Quién no ha sido testigo de feroces peleas entre borrachos en presencia de niños? y ¿quién no ha visto a madres alcohólicas bebiendo junto a sus bebés en brazos o espaldas? Si las situaciones mencionadas se repiten con tal frecuencia que casi nos permite sostener que son normales en Bolivia, ¿por qué la quema de estas chicherías? ¿Acaso a las enardecidas vecinas nunca se les pasó por la cabeza que esto podía suceder cualquier momento? Entonces ¿porqué la alarma si en realidad es la sociedad, los adultos y finalmente los mismos padres quienes permitimos situaciones como las que hoy nos cuestionamos y que nos llenan de rabia y dolor?

¿Por qué tienen que suceder estas tragedias para reflexionar sobre una patología social que está consumiendo a los bolivianos? El consumo de alcohol en el país no es un hecho intrascendente. Resulta que más allá de nuestras costumbres y tradiciones donde por supuesto el alcohol es el protagonista, nadie hace ni dice nada ante las millonarias campañas publicitarias de bebidas alcohólicas. Las inversiones que hacen estas empresas no sólo son costosas sino que –y lo peor del caso-  emplean la imagen de jovenzuelos para demostrar que tales productos son generadores de felicidad, de revalorización de la cultura y reafirmantes de tradiciones. Y es que como otros folklorismos, en Bolivia, muchas malas costumbres son veneradas y santificadas: La coca, hoja sagrada; el alcohol, bebida espiritual. ¡Al cuerno!, con la coca se hace cocaína y con el alcohol cientos de jóvenes se convierten en adictos y otros cientos de niños son ultrajados y llevados a la tumba, ¿hasta cuándo?

Usted se imagina el horror que soportó esa niña de tan sólo cuatro años cuando un costumbrista y espiritual borracho ultrajo su dignidad y mató su cuerpo. Se imagina qué sienten esos hijos cuando tienen que arrastrar a sus progenitores ebrios hacia sus casas; esa esposa que aguanta que su marido la viole y que producto de ese abuso nazca un hijo del alcohol.

Algo, algo tenemos que hacer, usted y yo, pero más aún nuestras autoridades que permiten que las calles se conviertan en discotecas y prostíbulos donde jóvenes protagonizan tristes espectáculos; que “señoritas” se crean bellas desnudando su más íntima dignidad; que padres violen a sus hijos e hijas y que las esposas, además de la tragedia, escondan la aberración.

Cárcel, castración, censura social, castigo civil, linchamiento, no sé, para esos están los  probos de la justicia del Estado Plurinacional, para eso y no para otra cosa. No para tapar los hechos de corrupción o inventar presos políticos.  Sean nombrados a dedo o no, los administradores de justicia deben dar señales claras de aplicación de la ley, tan claras como para que nunca más un menor sea víctima del venerado alcohol. ¡Nunca más!

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