Esta podría ser mi última columna (Los Tiempos, 2010)


Cuando esta columna esté impresa y usted la esté leyendo, mi vida estará encomendada a Dios pero en manos de un conductor de flota. Así es, mi trabajo como docente me obliga a viajar cada quince días a la ciudad de Oruro, por lo que mi actividad se ha convertido en una de las más peligrosas del mundo (viajar por carretera -especialmente en bus- es una cuestión de altísimo riesgo en Bolivia).

En los últimos días han perdido la vida al menos cinco decenas de personas entre bebés, niños, mujeres y hombres. Las causas son varias pero todas tienen que ver con la imprudencia de los conductores que, a falta de control tanto de sus empleadores como de la policía caminera, se convierten en asesinos en potencia.

Quiero relatarles lo que se vive en una flota para quienes lo desconocen.

En la terminal. ¿Su nombre? Mónica Olmos, ¿asiento? 39. Gracias, hasta luego.  No me han preguntado el número de carné y menos me lo han pedido. Primer error.  La empresa está en la obligación de verificar mi identidad y si no lo hace yo estoy en el derecho y la obligación de hacer que se registre. No ocurra que aparezca en un canal de televisión como una NN de aproximadamente 40 años, 80 kilos y pantalón negro.

En la flota. Casi siempre parte con un 40 ó 50 por ciento de asientos vacíos. Uno lo agradece. Pero si va a Oruro hará una parada obligada e ilegal en Quillacollo. Allí, el bus termina de llenarse. Segundo error. Estos pasajeros son más desconocidos que los que compramos nuestro boleto en la terminal porque a ellos no se les pregunta ni el nombre, se les cobra menos y a cambio se les extiende un papelucho que va a engrosar la larga lista de evasores de impuestos que hay en el país.

En Oruro, esta situación es más patética. El bus sale de la terminal casi vacío, a sólo 20 metros en la misma acera de la estación, se sube el resto que ha comprado su boleto en cinco o diez bolivianos menos. No se queda nadie porque para eso sirve el pasillo: sobre el aguayo o la maleta, y quizá por quince pesos menos, siempre hay otro NN que no se hace problema.

Los primeros quince minutos. Niños cantores o refresqueros, doñas cargadas con rellenos, patitas o pollo frito compiten con los infaltables e infalibles pajpakus quienes venden desde piedras de la buena suerte, hasta cepillos dentales…todo a mitad de precio.

Después de media hora. Cuando la mayoría intenta dormir o se ha “embalado” en una charla con su vecino, el ayudante aparece y pone play a una espantosa y vieja película: chinos o gringos violentos pero que al menos “aminoran” el vaivén del bus.

Después de mirar varias veces el reloj, las cuatro horas se han cumplido y uno puede dar gracias a Dios. Los celulares cumplen su mejor función: La mayoría empieza a reportarse. Hemos llegado ilesos.

Al bajar. Hay quienes agradecen al chofer; otros ni una sonrisa; yo quiero besarlo y decirle que gracias a Dios y a él sigo viva.

Recuerdo que hace trece años con mi marido hicimos el tramo Arica-Iquique en bus. No les contaré los pormenores porque la historia es aburridísima: Todo es raro, legal y transparente, con decirles que los conductores usan camisa blanca y corbata, que no esconden sus debilidades detrás de una cortina cómplice, que no hay películas de chinos ni vendedores ni personas NN y que, a pesar de toda esta facha de perfección, los motores tienen auto regulador de velocidad.

Mientras usted continúa leyendo, yo sigo mi viaje y aprovecho para pensar en la estupidez que preocupa a más de una autoridad: El botiquín. ¿El bus en el que viajo tendrá uno, y si fuera así, podrá salvarnos una gasa en mercurio?

Sólo en Bolivia la vida es tan intensa y la muerte tan trágica.

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