El poder del poder (Los Tiempos, 2010)


Ha pasado un año y me sigo riendo. La flota apagó su motor en una calle prohibida para parquear, era, sin embargo, una especie de terminal oficial. Temerosa me bajé y pregunté a una señora  con abrigo largo: Disculpe, ¿cuánto cobra un taxi  al centro?  “Tres pesos, pero como usted es rarita seguro le cobrarán más”. Desde entonces, y sin preguntar,  pago un peso más a cualquier taxista para evitarme problemas debido a mi rareza.

¿A cuánto el zapallo, señora? Preguntó mi marido en el mercadito 10 de Febrero. Tres el kilo. Tres, si afuera está a 1.50, le dijo. Ya llevate a 1.50.  En nuestro medio, no es raro que las comerciantes, de  mercado o de shopping,  cobren según la cara. Hoy, tampoco es extraño que incluso por la cara dejen de vender: Parada en frente de una carnicera, ni la hora. Me fui a otra y esperé mi turno que nunca llegó. Fui a una tercera y le pregunté si tenía pulpa, me miró con desprecio y me respondió con un no rotundo. La cuarta, ¿señora tiene pulpa?, si, por favor me da medio kilo, no, no vendemos medio kilo, no sale.  Tuve que cambiar de menú.

Nos alborotamos cuando, gracias a la prensa, nos enteramos que en Argentina los bolivianos son explotados;  que duermen en cuartuchos y comparten con otros hasta la cama; que les pagan míseros sueldos y que comen una vez al día; que salen sólo los domingos y viven permanentemente atemorizados.  En Bolivia, muchos bolivianos viven igual: un cuarto donde los progenitores  tienen sexo, los niños intentan hacer sus  tareas y otros comen.  Los mismos explotadores que obligan a trabajar jornadas de más de 14 horas continuas, con sueldos de favor (peores que en Argentina o España), donde  dueños de pollerías populares o talleres de costura no conocen ni de permisos ni de descanso para sus esclavos compatriotas.

Maternológico Germán Urquidi. De visita a una alumna que de emergencia sus compañeras tuvieron que llevar al nosocomio para que diera a luz a un bebé con padre “prófugo”.  Dos guardias nos ordenaron hacer fila, luego nos dijeron que no podíamos meter comida ni siquiera caldo; revisaron  las carteras  a unas mientras que las bolsas y aguayos eran amontonados en un rincón;  nos pidieron identificación, a la que no tenía la echaban de la fila. Nos trataron como a salvajitas (porque todas éramos mujeres), pero la alegría de visitar a nuestras parturientas amigas o familiares era sólo el inicio de una triste realidad. Poder dar con mi alumna no fue sencillo, la habían llevado de emergencia a quirófano. La búsqueda persistió pues llevaba un remedio urgente. Después de varios minutos, una enfermera me atendió. Era la sala de dilatación: llena de mujeres gritando de dolor mientras un grupo de gringas y otras bien bolivianas gozaba de un partido de fútbol.

Avenida Ayacucho. Pasado medio día, frente a la terminal de buses. Parqueábamos el auto,  un niño de 8 ó 9 atrajo nuestra atención: vestía uniforme escolar y esperaba movilidad, ésta llegó pero el chofer no paró, sin embargo, lo hizo en la otra esquina, el niño corrió y en medio de polleras y carga, se abrió campo y logró meterse en el trufi. Un niño que ha aprendido a luchar para tener un lugar.

El gobernador de Cochabamba postergó 120 obras por falta de recursos. No hay plata pese a los réditos millonarios de la propagandeada nacionalización,  a las históricas reservas, a la cátedra económica que nos da el gobierno. No hay desarrollo, no hay obras para Cochabamba pero si hay para zapatos, ropa, comida y refrescos para los “pobres” diputados nacionales.

La discriminación –en todas sus formas-  está en las calles, mercados, terminal, hospitales, está en la gobernación y la asamblea plurinacional, en las canchas de fútbol, en su casa y en la mía.  Está para quienes somos raritos, para los negros y los blancos, para los pinches futbolistas pero no para los árbitros bomberos.

Las leyes las escriben los poderosos aunque en el pasado hayan sido humildes periodistas o pisa cocas. El poder  hace olvidar el pasado y perder el sentido de futuro, ese futuro por el que hipócritamente un día lucharon.

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