El espanto de mi madre (Los Tiempos, 2010)


Hace algún tiempo, tomamos el auto y nos fuimos a Arequipa, ciudad natal de quien escribe y donde mi familia vivió mucho tiempo. Yo emocionada por volver al barrio donde había pasado mis primeros seis años de vida y del cual algo me acordaba; mi marido y nuestros hijos expectantes ante tanto bla, bla; la abuela nostálgica por reencontrarse, después de 25 años, con un pasado lleno de alegrías pero también de desilusiones.

Apenas ingresamos a la ciudad del Misti, comenzó el espanto de mi madre quien, por supuesto, bien guardaba en el recuerdo cada  avenida, calle y fachada del lugar donde pasó largos años de su vida junto a mi viejo y hermanos. “Ni la sombra, Mona” fue una de las primeras expresiones vertidas hacia mí con la que trataba de simplificar su sorpresa, y es que -según ella- todo había cambiado, nada era como antes: El comercio había tomado el centro histórico arequipeño, los paseos más bonitos y también los barrios residenciales. Las tiendas, restaurantes y boliches, mercados y otros negocios se habían adueñado de cuánto espacio quedaba libre rompiendo con la tranquilidad y estética de hace un cuarto de siglo. Resultado: Una ciudad irreconocible.

Arequipa siempre tuvo cierto parecido con Cochabamba, su Plaza de Armas, sus montañas encadenadas, el río Chili que atraviesa  la ciudad -como acá el Rocha-  el clima agradable y la fama gastronómica son algunas de las similitudes a las que, hoy por hoy, se suman el caos vehicular y el ruido visual que genera la publicidad callejera y el colorido y bullicioso comercio regado por todo lado.

Cochabamba está así y esto enoja y preocupa. Llegamos hace casi 30 años. Había poco carro, no se veía publicidad en fachadas ni puentes, el esmog era una palabra todavía ausente en nuestro vocabulario, y los rostros parecían ser siempre los mismos.

Hoy quien vuelve a este valle después de 20 o 25 años, debe espantarse igual como lo hizo mi madre en Arequipa.  Ruido, “trancaderas”, basura, boliches en cada cuadra, tiendas incrustadas en garajes, puestos de venta en las veredas, pensiones, farmacias, fotocopiadoras, letreros y letreritos a lado de tu casa, es decir, una situación caótica que da lástima.

Entendemos que el crecimiento urbano no se detiene nunca y se agrava cuando las condiciones económicas de las zonas rurales no son las más favorables a su población; pero también entendemos que los organismos de planificación regional y municipal deberían prever esta inevitable expansión para evitar que ese proceso se descontrole; es decir, que el parque automotor sea mayor al necesario; que se construya sin respetar una lógica coherente con el uso tradicional del espacio; que los cerros y áreas verdes empiecen a poblarse sin existir las más mínimas condiciones de habitabilidad y que, como efecto de todo esto, el agua, la energía eléctrica y demás servicios básicos comiencen a crear problemas por la falta de recursos o el colapso en los servicios.

Es urgente que las próximas autoridades tanto de la Gobernación como de los principales Municipios del departamento, junto a otras instituciones llámense Colegio de Arquitectos y de Ingenieros, actúen más enérgicamente sobre lo que hoy ya es un problema en Cochabamba.

Ojalá no sea misión imposible para Novillo, nuestro Tupay y compañía como lo fue para los del trebolito verde.

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