El buenos días, el gracias, el de nada (Los Tiempos, 2010)


Siento, percibo, observo. Mis sentidos registran una Cochabamba diferente, y es que definitivamente ya no es la misma de hace 20 años. Y no me refiero, necesariamente, a los cambios infraestructurales como puentes, parques o avenidas asfaltadas; hablo del cambio de actitud de sus habitantes originarios y no (paceños y orureños en número nada despreciable).

Nos hemos vuelto torpes, individualistas y descuidados; es decir, hoy somos peores personas que ayer.  La calle se convierte en la más notable y cruel muestra de mi afirmación: El conductor dueño y señor, indiferente ante el niño, el viejo y la embarazada, ciego para no ver la señal ni el rojo del semáforo, despiadado y egoísta con el otro que también lucha por espacio en el asfalto.

La vereda, la tienda, el mercado, el banco, el restaurante, son lugares en donde también se nota el cambio: con suerte un saludo amable, una sonrisa; con frecuencia, el empujón sin una disculpa, el favor de ser atendido a uno le obliga a cuestionarse qué ha pasado.

Los barrios, donde uno mire hay basura…de todo tipo. Esas cajas verdes que ofician como recolectores de basura resulta que no habían sido para una sociedad como la nuestra sencillamente porque le da pereza usarlas de manera correcta. Estos basureros -de otra aldea más civilizada- se han convertido en focos de contaminación y reveladoras de nuestras miserias, ¡pobres quienes tienen el infortunio de vivir en frente de uno! Ni a mi peor enemigo aquello de tragar, oler, vivir y dormir en medio de la hediondez generada por la “modernidad verde”.

Las fiestas y demás joditas en plena vía pública (llámense calles, avenidas o incluso carreteras): un grupo de vecinos  –quizá seis o diez familias- que se organiza para demostrar su felicidad. Instala el destartalado pero infaltable carrusel, la cama elástica, unas cuantas mesas de plástico, comideras por supuesto, parlantes potentes y de última tecnología y decide hacer su fiesta en nombre del santito o virgencita del mes, el motivo es lo de menos, la chupa y la trancadera parecen ser lo más. Y los demás  –para no pecar de aguafiestas, envidiosos, oligarcas e imperialistas-  obligados a buscar el desvío posible. Huir sin opinar.

¡Ah!, el corso…cosa seria porque ahí sí que hay mayor consenso y por  tanto la osadía de la crítica a uno le puede generar la muerte civil porque ¡claro! se “nada contra corriente”. Pero siendo sensatos valdría nomás la pena reconsiderar el traslado de este hermoso y fastuoso espectáculo así como de todos los desfiles cívicos, escolares y demás, a otras avenidas de la ciudad: Menos estratégicas en términos de vinculación zonal y de tránsito vehicular. Pero, ¿quién lanza la primera piedra teniendo la seguridad de que saldrá ileso?

Estos temas a los que se suman los extrovertidos animadores de fiestas, los eternos vecinos bullangueros, el cada vez más regado comercio informal, las cloacas rebalsando fetidez e improvisación municipal, son pues nada ante las actitudes de nuestra gente: Las que más me preocupan, la indiferencia casi generalizada y la arrogancia de los nuevos ricos (muchos últimamente), pero de ellos, de estos “nuevos especímenes cochabambinescos y foráneos” hablaremos en una próxima oportunidad.

Reflexionemos sobre nuestras actitudes, aquellas que nos devuelvan a los cochabambinos la gentileza, el interés, la honestidad, la norma…el buenos días, el gracias y el de nada. Por favor, reflexionemos y actuemos.Imagen

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