Pido perdón (publicado en Los Tiempos)


Pido perdón porque me reconozco pecadora.  Pido perdón porque  erré. Pido perdón por tantas cosas que hice y dije mal, por mis actos equivocados, por algunos pensamientos confundidos, por esos enojos desmedidos, por juzgar sin derecho…por tanto vivir.

Vivir es atreverse y es equivocarse entonces. Vivir es reconocerse y con ello tener la capacidad de mirar errores y actuar en consecuencia a ese arrepentimiento que es solo el inicio, que sigue con el perdón y acaba con la acción.

Palabra mágica dicen es perdón; tan fácil de pronunciar, tan difícil de decir. Tan poderoso y maravilloso concepto cuya esencia significa yo en ti, en nosotros, en los demás.

En el perdón está el arrepentimiento; está el reconocer que nos hemos equivocado; que hemos herido, ofendido o confundido a la otra persona.

El perdón no es sacarse un peso de encima, no es liberarse de culpa; al contrario, es colocarse una carga más en la espalda, es responsabilidad nueva, maravillosa señal que nos recuerda que somos falibles, que de nosotros depende el bienestar de las personas, ese momento  de paz que se merece el otro, aquello que puede ser considerado justo.

Quería protestar. Protestar por  la insensatez, la mentira, la farsa; quería denunciar el abuso de poder, ese poder hecho ofensa; rechazar la miseria de valores hecha corrupción, la ignorancia hecha pena, la ineptitud hecho lamento; pero me arrepentí y pido perdón, y entonces escribo esto que a muchos decepcionará, que a otros gustará, que a pocos llegará.

A tan sólo cuatro días de la nochebuena creí necesario reflexionar sobre el perdón, ese acto que logra cambiar el rumbo de la vida y que es capaz,  incluso, de devolvernos la vida. Así de fundamental es pedir perdón…y ser perdonados.

Lo reconozco, es cursi y suena a viejo sermón recordar lo fatuo de  nuestras preocupaciones navideñas: los regalos, la comida, la vestimenta, la decoración de la casa son cosas que demandan más tiempo de lo racional, es que demandan todo nuestro tiempo. Es irracional.

Cuando el reloj señale las 12:00  –en mecánica ceremonial-  nos levantaremos para abrazarnos y desearnos “feliz Navidad”…y de vuelta en nuestros asientos volveremos a ser los mismos desgraciados, pareciendo estar contentos por haber deseado “feliz Navidad”, desdichados por no haber padecido el verdadero arrepentimiento.

Minimicemos los adornos; busquemos la esencia, la pureza y descubramos el sentido real de la Navidad. ¿Qué más puede ser que reconocernos capaces de pedir y de dar perdón?

El año pasado ningún regalo, ningún platillo, nada, nada calmó mi corazón hasta que llamé a mi hermano y le ofrecí hacer un regalo conjunto a nuestra madre: perdonarnos. Él me perdonó, yo también lo hice, y ella fue feliz. Tuvimos nuestra Navidad.

Esta Navidad deseo que el perdón sea el protagonista, el héroe, el “invitado”  de honor para que invada el corazón de quien he lastimado y lo libere de sufrimiento. Que haga lo mismo en el mío. Que nos purifique a ambos, a todos…bendito ese perdón sin el cual no se puede vivir.

Esforcémonos no por otra cosa que no sea el perdonarnos.

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