La sexualidad de la ortografía


imagesCAZHZO3REn 1997 el mundo de las letras “pegó el grito al cielo” con el discurso de Gabriel García Márquez que reclamaba “simplificar la gramática y humanizar sus leyes”. Destaco de aquellas declaraciones el párrafo referido a la ortografía, la prostituta de la lengua: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. Y que de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

Los defensores de la virginidad de la lengua fueron implacables  con García Márquez quien al calor de la polémica, incluso fue más allá revelando que son sus editores quienes corrigen lo que él escribe.

Pero yo no sé hasta qué punto las concesiones otorgadas por el gran Gabo, harían feliz al escritor quien en vez de disfrutar de un placentero orgasmo textual, seguramente sufriría un aterrador paro cardíaco si pusiera atención a cómo es tratada la ortografía. La hemos “humanizado” tanto, pero tanto hasta convertirla en la prostituta, en la mujer fácil, en la damita full anal de nuestra expresión escrita.

De la cama salté a buscar un papel y algo con qué escribir. “Esta mi mujer”, comentó resignado y entre dientes mi marido quien no termina por comprender las cochinas obsesiones de su esposa. Lo que él no sabía era que yo experimentaba un momento muy sexual: estaba a punto de tener un orgasmo múltiple que debía ser registrado para compartirlo con ustedes. Traje mis implementos y me puse a anotar lo que veía en la televisión; era el horario de las noticias y me predisponía a disfrutar del texto tanto como del sexo.

“Hubo un voráz incendio”, “el exeso de bebidas…”, “Se refraccionará el santuario de Cotoca”, “los novidentes…”, fueron algunas expresiones que alcancé a anotar. Estas “simplificaciones” de nuestra lengua, al final, cohibieron mis mundanos impulsos y frustraron el placer que podría haber significado ver un noticiero local.

La buena ortografía enamora, dice Cangrejo Pérez y le creo pues hay que ver la desilusión que sufrí al tratar de visualizar a los hombres que rotulan esos textos de pie de pantalla. No me casaría con ninguno de ellos ¡por supuesto! ni siquiera tendría una noche para recordar de por vida, ¡qué va! ni una sacudida de cabello les regalaría.

Y es que la correcta gramática y la buena ortografía suponen (y te hacen imaginar) que quien escribe tiene un nivel cultural elevado, que así como escribe, habla; que así como habla, trata; y a las mujeres nos gusta que nos traten bien y nos hagan sentir igual. En esta lógica, no hay dónde perderse.

Pero no solo en la televisión se sufren encuentros desagradables. El domingo este medio publicó un arte del Ministerio de Culturas y Turismo: “Comvocatoria…” decía; error que adquiere dimensión de horror viniendo nada menos que de esa cartera de Estado.

Cangrejo Pérez tiene toda la razón cuando dice que “el buen sexo como la buena ortografía enamoran”, y para esto no se necesita prostituir la lengua, simplemente saberla usar: ni damita de compañía ni virgen de la gramática; ni tan liberal ni tan conservadora, aunque –en este caso– sentiría mayor placer en una postura más tradicional. Sí, preferiré siempre, las caricias a los latigazos…de las palabras.

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