La caja (publicado en Los Tiempos)


1er. intento. 9:00. El semáforo, especie de adorno; la Ley del más grande domina le proceder de los conductores. Una flota golpea mi espejo lateral, (tuve suerte, podía haberme aplastado).

Llego a destino: La exterminal aeroportuaria de Cochabamba donde funciona la oficina de despacho de carga del TAM. Me aproximo al mostrador y la señorita me pregunta para dónde es la caja. Riberalta, le respondo. “Ya no puedo recibirla, estamos sobrecargados, tiene que venir 24 horas antes. O vaya a Aerocom”, concluye.

2do. intento. 8:00. Oficinas cerradas. Una larga fila se observa desde el parqueo. Tomo la caja, me armo de coraje y me sumo a la “cola”. “¿Ha traído fotocopia de su carné?”, me pregunta un señor. No, ¿acaso piden? le devuelvo la pregunta mientras observo que todos tienen una fotocopia de su documento. “A las 8:30 abren la fotocopiadora, a mí me pasó lo mismo la primera vez y tuve que volver a hacer cola”, me cuenta. Otro señor me pregunta que a dónde despacho, a Riberalta, le digo. “Hoy solo reciben para Guayaramerín”. Me angustio pero insisto y me mantengo en la fila.

Abren la oficina del TAM, me adelanto y pregunto con el típico “disculpe, ¿hoy reciben para Riberalta?” El funcionario molesto me dice que no, que al día siguiente es Riberalta. Agarro con fuerza la caja y me voy.

3er. intento. 8:30. Oficina cerrada. Con la caja de tres kilos en mano, espero y sigo esperando. Nunca abren. Pregunto y me dicen que están en festejo pero que vaya al aeropuerto, que allá me recibirán la caja. Voy, me dicen que no aceptan encomiendas.

4to. intento. 15:30. Me acerco al mostrador con el corazón en estado de taquicardia. “Sólo recibimos por las mañanas”, me dicen.

5to. intento. 8:30. Alboroto en la oficina de TAM. “No señora, hoy no vamos a recibir porque estamos priorizando el traslado de un cadáver. Va a disculpar ¿ya?” “Esto es el colmo”, pienso. Me voy en estado de crisis.

6to. intento. 8:00. No hay gente, soy la única ¿o la primera en llegar? Pienso que me he equivocado, que hoy no reciben encomiendas. Aprovecho para buscar letreros informativos, ni uno refiere organización de destinos. Aparece una señorita y le pregunto que a dónde envía su sobre, me dice que le da igual si a Guayará o a Riberalta. Cómo es eso, le digo, “tengo familia en ambos lugares, me da lo mismo”, insiste. Me invade la envidia.

Aparece la señorita del primer día y de todos los días posteriores (su rostro se ha convertido en una especie de trauma infantil, de esos que jamás se superan). Buen día señorita, ahora sí, para Riberalta. No, me dice, ya le dije que tiene que venir 24 horas antes, hoy no recibimos ese destino. “Tiene que anotarse”, me dice enojada. Anotarme dónde, qué, le pregunto. ¡Los días pues!, responde.

Lo sé, la culpa la tengo yo: sólo a mí se me ocurre enviar una caja con libros a Riberalta, debí anotar los días de despacho, debí ser adivina para prever lo del carné en fotocopia, el festejo aeronáutico y el traslado del cadáver, debí llegar más temprano el primer día, debí estar acostumbrada al maltrato, debí saber que en este país algunos funcionarios públicos han hecho suyo el abuso colonialista y que por eso Evo ha tenido que crear tantas leyes en procura del Vivir bien. ¡Leyes a falta de cuna!

Terminé haciendo caso al consejo del primer intento: me fui a Aerocom y pagué por un servicio rápido y gentil, como debe ser.

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