Entre hacer y pensar el hacer (publicado en Los Tiempos)


El título sintetiza el conflicto planteado por un lector que se cuestiona la relación universidad-cultura a propósito de mi anterior columna y del adelanto temático que hice para esta semana.

“La cultura la hacen aquellas personas que no pueden no hacerla. Que no pueden vivir sin hacer algo que los trascienda. Pero esas personas no están, generalmente, en la universidad. En ésta uno puede encontrar estudiosos, analistas, enciclopédicos, etc. pero no va a encontrar esa pulsión por transformar la realidad que es la cultura”, expresa el lector.

Me pregunto ¿no es ésta una visión “anclada” en el tiempo de la misión de la universidad; es decir, que encuentra razón a partir de los antecedentes históricos que ha acumulado la educación superior universitaria europea y que dicho sea de paso, ha sido asumida como herencia en Latinoamérica? ¿Cuán anclada en el pasado es?

Podríamos justificar una universidad para la reflexión de lo hecho; podríamos también justificar una universidad provocadora de aquello por hacer; cuestión de política de Estado y de modelo educativo, pero no de su capacidad (o incapacidad) propiamente dicha.

La cultura y la universidad ¿no se necesitan mutuamente? ¿No deberían afectarse y responder armónicamente ante una misma realidad? ¿La primera, como constructo natural, diario, “accidentado” de la sociedad; la segunda, como espacio de deliberación y cuestionamiento acerca del presente y futuro de esa sociedad?

Y no vamos a dar por hecho que la cultura de una sociedad es aquello que la academia ha sido capaz o no de reflexionar, pero si podríamos creer que no hay nación grande si su escuela no es buena. Menuda responsabilidad.

¿Qué y cuánto de ese qué debemos esperar de la universidad? Por mucho que se dedique a pensar el hacer, o a hacer, si el país no es más, la universidad tampoco podrá ser más. Y eso es lo que es la universidad en Bolivia porque eso es lo que somos los bolivianos y hasta donde podemos llegar.

Coincidimos -en todo caso- en que el hacer y el pensar el hacer, que cultura y universidad, que realidad y reflexión pertenecen a la misma dinámica…en estado ideal, claro.

La cultura es callejera, nace y se hace en los barrios. Sí. La universidad es claustro, no está en las calles, pero no por ello dará por hecho su distanciamiento; tampoco por ello deberá enseñar “cultural general” y vanagloriarse, luego, de haber titulado a médicos, ingenieros y arquitectos cultos.

Su intervención –evidentemente- debe ser más agresiva, inteligente y decidida formando profesionales capaces de “vivir a la altura de los tiempos y muy especialmente a la altura de las ideas del tiempo” (J. Ortega y Gasset), toda vez que cultura es el sistema vital de las ideas en cada tiempo.

En consecuencia, la universidad debe formar profesionales capaces de influir en ese sistema de ideas vivas de su tiempo; de liderar el desarrollo de su nación, de visualizar su futuro, de prever riesgos y de encontrar soluciones; porque aunque la realidad manda, no es posible negar que ésta sea caótica, perversa, una selva, una incertidumbre, a veces un error.

La casa del conocimiento, la inteligencia y la razón, está llamada no solo a comprender ese sistema, sino a ponerlo en el camino del hombre y de la mujer que asumen el reto de hacerse de una profesión que no debe ser otra cosa que la sensibilidad y capacidad para actuar de acuerdo a las exigencias de ese sistema vital de ideas de su tiempo y del tiempo venidero.

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