El sonido de la regadera (publicado en Los Tiempos)


¿Sobré qué debería escribir este viernes? Pregunté a mi familia en el desayuno. Mi Santiago miró  hacia el norte (las montañas del Tunari) y me dijo “sobre el incendio y la feria de las plantas”. Lo mismo me había sugerido mi marido cuando disfrutábamos de un paseo por El Prado en procura de comprar Pensamientos, Margaritas moradas y una Santa Rita de color extraño.

Sentada frente a mi jardín observo las flores aún sin plantar. La regadera hace lo suyo, da vida a mi rincón favorito a la vez que me regala el sonido del agua golpeando las hojas de los ficus, los geranios y las longevas hortensias. ¡Qué ironía! ilusos nosotros que hacemos fiesta con tres docenas de plantines mientras unos desadaptados incendian 40 hectáreas del parque Tunari.

Me alejo varios kilómetros con la vista y me atrapa una inmensa montaña. Más arriba un cielo azul mira correr unas nubes apuradas. Vuelvo a ver los cerros que tanto me encantan, y ahí está la mancha: Negra como cierta conciencia;  el suelo aún caliente por el fuego de un mortal sin Dios ni Pachamama.

Hago una pausa para mover la regadera. Vuelvo al teclado y sigo con mi cuento, cuentos que son mi catarsis, cuentos que liberan mi horror.

Despierta desde las cinco de la mañana, y como el cielo  ve correr los pedazos de algodón, mi mente atormentada deja pasar los pensamientos, también presurosos por llegar a alguna parte.

Pensaba en el paseo de la tristeza que a los diecinueve recorrí: era Palmasola.  Las únicas tragedias hasta entonces habían sido la separación de mis padres y la odisea de mi madre por vender un par de metros cuadrados para pagarnos la vida. Palmasola remató mi juventud. En una celda de dos por uno estaba él, nervioso, avergonzado y deprimido por la visita de sus hijos. Ahí estábamos nosotros, sin descripción hasta el día de hoy.

Palmasola sigue siendo la misma mierda; es que nos gobiernan los infames, los constructores de demagogia que aprovechan de unos micrófonos que gritan al calor de un fuego que mata a gente atrapada por un sistema alimentador de uniformes corruptos.

La corrupción en Palmasola solo la conocemos nosotros, quienes hemos tenido la desgracia y la gracia de vivir su tiempo.  Sonrío con dolor cuando los periodistas informan sobre las irregularidades en los penales del país. Sufro cuando las autoridades prometen cambios y, al día siguiente, los internos hacen huelga porque les cortaron la luz que los administradores no pagaron.

Un dentista preso hacía, en aquel entonces, de doctor. Los internos organizados por clases sociales como toda sociedad; los más desgraciados sin cuarto y como perros hambrientos, al pie de las sobras de los más acomodados. Los prediarios llegan tarde. Los internos verdaderos catedráticos de “los sabios” del derecho expertos en economía y mentira. Así funciona.

Agradecida con el destino por mostrarme su cara más horrorosa. Lecciones de vida que son necesarias.

Hoy han muerto demasiados y no hay culpables. Han muerto y se han liberado de su incierto pecado, pero muy cierto que se han liberado de un sistema que sentencia cualquier resquicio de dignidad.

Intento llenar mis ojos con los colores de los pensamientos hermosos. Obedezco a Santiago que ayer se cuestionaba sobre la realidad y el discurso…solo tiene once años, yo cuarenta, mis conflictos ya no comprenden razón.

En Panamericana, Choquehuanca habla de la descolonización; el censo ha desvirtuado al Canciller. El constitucionalizado Vivir Bien se ha cagado en el Tunari. ¡Maldita demagogia!

Me concentro en el sonido de la regadera y hago “enviar”.

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